miércoles, 22 de marzo de 2017

17. Tarde de playa


En pelota. Y con una flor en el culo. Así fue como Clara vio por primera vez a Joao, sin saber en aquel momento lo que les tenía previsto el destino.

Clara había ido a la playa nudista como tenía por costumbre desde hacía ya varios años. Y aquel tipo era nuevo en la playa, ella tenía fichados a todos los asiduos. Llevaría yendo a la playa un par de semanas como mucho. ¡Y como para no verlo! ¿Qué tipo de hombre se tatuaba una margarita en el culo? En su nalga derecha para ser más exactos. Aunque ella tampoco era la más apropiada para hablar. Siempre se le escapaba el pequeño detalle de que también tenía un tatuaje. Sí. Un discreto tatuaje encima del pubis. Una frasecita de nada. Pídeme lo que quieras. Eso es lo que se había tatuado, ¡por el amor de dios! Había que estar bien loca como lo estaba ella para hacer esa burrada. Y todo porque en aquella época era una guerrera Maxwell, una seguidora friki de esa saga de libros erótico festivos que había escrito Megan Maxwell, pseudónimo de la escritora española María del Carmen Rodríguez. Si es que… ¡Dónde va a parar! Una Maricarmen cualquiera no tiene nada que hacer contra una Megan, más glamurosa, más vendible. Y ahora Clara tendría que cargar con eso toda la vida. Las sonrisas, las risas, las miradas de reojo. Y además esos libros eran malísimos. ¡Qué estúpida había sido! En fin, a lo hecho, pecho.

Clara medio dormitaba en la toalla boca arriba cuando aquel hombre, que en realidad era un adonis, un dios mitológico, se le plantó enfrente y le dijo: ¿Puedo pedirte…? Clara lo cortó en seguida con un qué seco y asustado y miró hacía su pubis poniéndose de todos los colores.

—Perdona por molestarte, ¿serías tan amable de darme la hora? Es que no me traje el reloj y se me olvidó el móvil en el coche.

—Nada, no te preocupes – dijo Clara, incorporándose y girándose hacia el móvil. Son las siete y cuarto.

—Gracias, creí que era más temprano.

—Soy Clara, dijo Clara tendiéndole la mano.

Joao se agachó y le tendió la suya.

—Joao, un placer.

—¿Eres nuevo por aquí?

—Sí, me he desplazado por trabajo. Me encanta el naturismo y me hablaron de esta playa unos conocidos justo antes de venir y… Veo que es muy familiar.

—Así es, la mayoría nos conocemos de hace años, aunque siempre va y viene gente nueva, alguna de paso y otra que se va quedando.

—Es un paraíso, desde luego.

—Y que lo digas.

—Si me permites una cosa desde el cariño y el respeto, me encantaría decirte que… me gusta tu tatuaje, es muy divertido y... atrevido.  

—No me tomes el pelo, hombre.

—Es en serio. No olvides que yo tengo una flor en el culo.

 Los dos, como si fueran viejos amigos, ejecutaron una risa acompasada y sincera.

 —¿Te gustaría acompañarme a tomar una caña? Soy un completo desastre, tampoco me traje agua y me muero de sed.

—Muchas gracias, pues claro que sí, también estaba pensando en marcharme, hoy vine muy temprano y ya empezaba a cansarme de sol.

—¿Conoces algún sitio por aquí?

—Sí, en la playa de al lado hay una terraza estupenda. Me puedes seguir con tu coche o vienes conmigo y luego volvemos a recoger tu coche. Está muy cerquita.

—Pues si no te importa voy contigo, así podemos ir charlando.

—Perfecto.

 Y tomaron la caña, y hablaron y hablaron. No de trabajo, Joao dijo que estaba prohibido. No llevaba muy bien lo de su traslado y prefería hablar de cualquier cosa excepto de ese tema. Y Clara lo había respetado. Y tomaron unas tapas. Y hablaron. Y se rieron. Se rieron mucho. Y volvieron a recoger el coche de Joao, cerca ya de las diez de la noche. El aparcamiento estaba vacío. Y como algo natural se besaron. Y volvieron a besarse otra vez, a conciencia y con alevosía. Y se desearon. Y decidieron bajar de nuevo a la playa porque hacía una noche preciosa. Y bajaron. Y beso por aquí y beso por allá. Y qué tal si beso tu tatuaje. Y qué tal si beso el tuyo. Joao era un ciclón. Y Clara una ventana abierta.  

Pero hasta un día de playa perfecto tiene su fin, así que tocó poner las letras de Fin. Cada uno a su coche. Intercambio de teléfonos. Risas tontas. Ojos brillantes de excitación. Frases hechas. Te llamaré. Ha sido una tarde estupenda. Gracias por todo. Gracias a ti.

Y llegó el lunes. Cara de lunes. Sueño. Y más sueño. Porque Clara no había pegado ojo pensando en Joao.

—Clara, por favor, cuando tengas un minuto pásate por la oficina, han llamado mientras fuiste al baño. El nuevo Jefe de Departamento quiere conocerte, le dijo Chari, su compañera de sección.

—¿A mí?

—Mujer, será porque eres la vendedora del año.

—No me lo recuerdes que ya sabes que me mortifica.

—Pues espera a hacer el anuncio… felicitaciones, autógrafos, tal vez un reportaje en el Hola...

—Te odio. Subo ya, vale, así me lo quito de encima.

Clara subió por las escaleras, un poquito nerviosa todo hay que decirlo. Y al llegar al despacho tocó la puerta cerrada con los nudillos.

—¿Se puede?

—Adelante, pase.

Aquella voz… Clara había escuchado aquella voz no hacía mucho… Era la voz de… Y abrió la puerta para salir de dudas. Joao se puso de pie al verla y se quedó cortado pero al mismo tiempo una sonrisa franca iluminó su cara.

—No me lo puedo creer, le dijo a Clara, indicándole con una mano que se sentara.

—El destino siempre juega las cartas a su antojo, dijo Clara azorada.

—En realidad tampoco es un problema, ¿no? ¿O para ti supone un problema?

—No, en absoluto.

Pues perfecto.

—Genial

—Perdona, tengo que hacer algo.

Joao se levantó de la silla y salió de detrás de su escritorio. Clara pensó que se iría del despacho pero al llegar a su altura, se puso de cuclillas y acercó el dedo pulgar de su mano derecha, hasta rozar la mejilla de Clara, diciéndole zalamero:

—Perdona, tienes una arena en la cara, se ve que este fin de semana estuviste en la playa, ¿me equivoco?

—¡Pero qué tonto eres! Estoy muerta de vergüenza.

—Pues relájate Clarita, esto no ha hecho más que empezar. Todo pasa por algo, ¿no?